Luis Zalamea Borda. Amor Salvaje.

¡Ah, qué nidada de caricias salvajes descubrí!
Guardadas en tu bosque desde el alba del mundo,
esperaban la mano que llegara a arrancarlas,
la mirada que las volcara sobre tus venas todas,
el temblor que iniciara tu espasmo y tu locura.

Vaivén en tus pupilas despertadas,
ojos que danzan al ritmo de los hombros,
larga piel en su raíz estremecida,
la ansiosa estalactita del deseo,
caracol que se incrusta en las orejas;
tus ojos súbitos, terribles. ¡Ah tus ojos!
Y locura, embeleso y más locura.

¡Pantera que se escapa, cervatilla rendida,
la sierpe envolvente de tus brazos,
abrazo de mil lianas zarpadoras,
largo césped donde los senos nacen,
ensenada candente de los muslos,
playa con la blanca tersura de tu vientre.
Y locura, ternura y más locura.

Cadencia resonante de músicas selváticas,
tambor noctambulario suena sobre tu espalda,
la flauta imperceptible del suspiro,
largos gemidos de destrozados labios,
y el grito sempiterno tan guardado,
al fin la noche rompe en agudos pedazos.
Y locura, cadencia y más locura.

Cavernas, grutas, lagos, musgos leves;
hongos colgantes, zarzas en tu boca;
frutos ignotos, zumos descubiertos;
mieses en la alborada, sed que ya se apaga;
venas que se rebelan, sangre libertada;
yegua ululante, jinete que espolea.
Y locura, locura y más locura.

¡Ah qué nidada de caricias salvajes descubrí!
¡Y qué voces intactas en tus prístinos fondos!
¡Y qué flores que se abren al tacto de mis manos!
Salvaje mía; ¡ámame así, envuélveme en tu bruma!
¡Y bebamos del manantial de esta locura primitiva!

Margaret Atwood. La Canción de la Sirena.

Esta es la canción que todo el mundo
querría aprender: la canción
irresistible:

la canción que obliga a los hombres
a saltar por la borda en escuadrones,
aun cuando ven los cráneos varados en la playa,

la canción que nadie conoce
porque todos los que la oyeron
están muertos, y los otros no pueden recordarla.
Voy a contarte el secreto
y si lo hago ¿vas a librarme
de este traje de pájaro?
No lo disfruto aquí,
en cuclillas sobre esta isla,
contemplando, pintoresca y mítica,
con estas otras dos maníacas emplumadas.
No me gusta cantar
este trío fatal y prestigioso.

Voy a contarte el secreto a vos,
a vos y solamente a vos.
Acercate. Esta canción

es un grito de ayuda: ¡Ayudame!
Solo vos, solo vos podés,
porque sos único

a fin de cuentas. Ay,
es una canción aburrida
pero funciona siempre.