Vladimir Nabokov. Lolita.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”

Liesel Mueller. Monet rechaza la Operación.

Doctor, usted me dice que no hay halos
alrededor de las lámparas de París
y que lo que veo es una aberración
causada por la vejez, una enfermedad.

Le cuento que me ha llevado toda la vida
llegar a esta visión de las lámparas de gas como ángeles,
llegar a suavizar y difuminar y finalmente deshacerme
de esos bordes que usted lamenta que yo no vea,
llegar a enterarme de que esa linea que yo llamaba horizonte
no existe y que el cielo y el agua,
durante tanto tiempo separados, son un mismo estado del ser.

Cincuenta y cuatro años hasta poder ver
que la catedral de Rouen está hecha
de rayos paralelos de sol,
y ahora usted pretende restaurar
mis errores juveniles: las nociones
fijas de arriba y abajo,
la ilusión del espacio tridimensional,
la glicina separada
del puente al que cubre.

¿Qué le voy a decir para convencerlo
de que el edificio del Parlamento se disuelve
noche a noche y se convierte
en el sueño fluído del Támesis?

No voy a volver a un universo
de objetos que no se conocen entre sí,
como si las islas no fuesen los niños perdidos
de un gran continente. El mundo
es el flujo, y la luz se convierte en aquello que toca,
se convierte en agua, en lirios en el agua,
sobre el agua y bajo el agua,
se convierte en lila, y malva y amarillo
en lámparas blancas y celestes,
pequeños puños pasándose la luz del sol
tan rápidamente de uno a otro
que bastaría un largo y ondulante
pelo de mi pincel para atraparla.

¡Pintar la velocidad de la luz!
Nuestras formas sopesadas, estas verticales,
arden por confundirse con el aire
y cambiar nuestros huesos, piel, ropas
en gas. Doctor,
si usted pudiera ver
cómo el cielo atrae a la tierra hacia sus brazos
y como se expande infinitamente el corazón
para reclamar este mundo, vapor azul sin fin.