Fotomaton. Francisca Camelo.

te dicen que la vida

no tiene tamaño

también que no tiene

precio pero piden

que la registres

en un espacio concéntricamente

aislado de los otros: inscríbete

en una ciudad con reglas

extrañas pedir disculpas

muchas veces no reír

demasiado hablar

alto en el transporte

público ni pensar

quien decide que puedo vivir

aquí son algoritmos de leyes

incomprensibles quien

elije donde archivar

mi cuerpo quien

define donde cabe mi

talla en que casa

quedo con el cuarto más

pequeño ocupar el rincón

que incomode menos

pagar para no ser

notada, sí

ya firmé contratos

que no tenía como leer

y para ser honesta

es más o menos eso

estar viva, firmar

acuerdos nunca

traducibles, cuerpos imposibles

de cumplir gente desfigurada

porque la soledad hizo

de todos

lo que quiso y

un día entendemos

que obligados a

besar fronteras cuando un peso, sí, para

todas las medidas:

mi vida

por ejemplo

pesa setenta y un kilos

distribuidos por cinco

cajas tamaño L

ropa zapatos libros y lo que sobre

–fotomatón

un cuaderno algún dinero–

cargo conmigo como quien

da la vuelta al mundo

o atraviesa la calle para

tomar un café. mi vida

cuesta ciento cuarenta y cinco centavos

para ser trasladada

dos mil ochenta y cuatro

kilómetros, tal vez más,

nunca medí el valor exacto

del desapego ¿cuánto costará

una caja por un metro

cincuenta y ocho centímetros

si zapatos? imagino que será

a pesar de todo

más barato existir

y como en un ring de box

(flash)

alimento la anticipación

un golpe más

(flash)

bien en el fondo del estómago

(flash)

lo blanco

lo violento

e imperdonable

(flash)

de aquel

fotomatón

en la primera nevada del año

a las dos de la mañana

En kottbuser Tor.