Ana Rosseti. Abandonadas III.

Hemos descendido, en cuerpo y alma, al infierno inmóvil del horror. Pues el infierno es la irrealidad de la vida sentenciada, atónita que se alarga indiferente a todo lo que no sea preservar cada gesto de un rostro, cada accidente de la piel, el nácar de las uñas, la cinta del pelo, los detalles de sus ropas, de sus zapatos, cada frase secuestrada del olvido, como si fuesen las líneas grabadas de la ficha policial; esparcir por doquier los recuerdos como las fotografías, ampliarlos y multiplicarlos como las fotocopias del cartel de búsqueda; y zambullirse en ellos como en una selva desmesurada y repetitiva.

Ningún mapa es seguro en este incesante sobresalto. No hay respuesta correcta para ningún enigma. No hay sortilegio para romper el hechizo. No hay solución ni milagro para los estragos del miedo y la ignominia.

El desaliento y la perseverancia disputan su carroña. El engaño de la esperanza y la evidencia de la razón pugnan por su reino. Los días son noches y las noches, campo de batalla.

¿En qué mundo se pueden robar vidas sin que los indicios hablen, los rastros indiquen, los testigos revelen?

Una a una las palomas aletean

en las manos enguantadas del mago.

Una a una las palomas vuelven a sus jaulas

entre los aplausos ciegos de la concurrencia.

Enrique Falcón. Hojas de Conquista.

las sólo voz dormidas en los centros solares


las hambrientas de todo


las preñadas con todo


las hijas del golpe y de los sueños mojados


las que fijan continentes que dejaron atrás


las niñas con pimienta en sus quince traiciones


las de pan-a-diez-céntimos sin cafetería


las del turno de visita con oficios de muerte


las madres eternas de los locutorios


las arrasadas, las caratapiadas, las comepromesas


las terribles solitas en las salas de baile


las clandestinadas pariendo futuros


las oficinistas que ahogaron sus príncipes


las acorraladas


las desamparadas, las sepultureras


las del polvo sobreimpuesto y el trago a deshora


las poquito conquistadas


las niñitas vestidas con mortajas azules


las que cosen el mundo por no reventarlo


las mujeres con uñas como mapas creciendo


las hembras cabello-de-lápida


       (todavía más grandes que su propio despojo)


las corresquinadas, las titiriteras,


las que tierra se trajeron atada a los bolsillos


las nunca regresadas


las nunca visibles


las del nunca es tarde


las del vis-a-vis sin un plazo de espera


las reinas en los parques y en los sumideros



todas ellas las mujeres que me llegan con todos sus cansancios,


todas, en sigilo: las amantes



y mis camaradas.

Alejandra G. Ramón.

Cuando hablo de romperlos no me refiero a herirlos ni a tratarlos mal, ni a actuar como una sucia, simplemente a romperlos.
Aprende a susurrar y a reírte a carcajada limpia sin pensar en que dirán, que pensarán. Que hagan lo que quieran.
Que se enteren de lo que es una mujer de verdad, una persona  que piensa, que actúa y que se rige por sus propias emociones y no tiene miedo a expresarlas.
Dejarse de mierdas, de todas esas cosas que no.
Así que vete a la cama, piénsalo y mañana, cuando te levantes, ve a por todas y quien no esté preparado que se quede en el camino si lo desea.
Tenemos que crear una generación de valientes, que lo somos, pero hay que demostrarlo.
Rómpelos.

Amén.