Yuri Vargas. The Nobel is Blowing…

Hace tiempo, hará quizás cuatro años, leí por primera vez el suplemento cultural de un periódico que yo he considerado siempre estandarte del más deleznable periodismo oficialista y chayotero. Al dueño del lugar donde tomaba café le gustaba y solía ponerlo por ahí para que los clientes le echaran una ojeada. Curiosamente, supongo que con la intención de equilibrar ideológicamente las lecturas del respetable, nos ofrecía también un ejemplar de La Jornada, pero justo ese domingo otro cliente la tenía acaparada y pos ni modo. En principio me sorprendió que el periódico de marras tuviera suplemento cultural; de pronto no supe conciliar una cosa con la otra. Luego lo leí y entendí por qué.

Lo primero fue la editorial, de la mano del por entonces director del suplemento. No recuerdo el nombre y francamente no creo que importe; lo que leí, no obstante, me dejó una muy clara idea de lo que la cultura era o significaba para los editores de ese diario. Comenzaba el otoño, calentaban ya las ternas para el premio Nobel, y el señor director del suplemento se preguntaba con notoria indignación por qué un grupo de admiradores de la obra de Bob Dylan (que no eran precisamente parte su club de fans, sino lectores críticos e investigadores de su obra) insistía en nominarlo al premio. Era un dislate, un verdadero asalto a la razón, leía yo, considerar literatura la obra de Bob Dylan, cuando quedaba clarísimo, para todo individuo con tantito sentido común y mínimo criterio, que era músico. ¿Por qué no entienden de una buena vez que la música no es literatura?, vociferaba el ñor. El comentario, a pesar del hipo y la indigestión, se lo agradecí porque me sirvió para advertir en clase sobre los peligros de leer en la calle cualquier cosa, y para platicar sobre esa peculiar noción que se tiene de la canción, entre muchas otras cosas más, en los meandros de la difusión cultural palaciega. (Gracias, Eder, por el recuerdo.)

Ahora, a pocos días de haber ganado Dylan el premio Nobel de literatura, parece que las percepciones no han cambiado mucho… las nuestras. Y sí: esos memes y artículos que por ahí pululan, incluso de músicos profesionales y compositores, donde se desgarran las vestiduras y se trepan a las sillas porque, según ellos, la obra de Dylan no es literaria, son, en su gran mayoría, producto nacional. Esta alharaca es de acá, compadres. Y dice, lo siento, un montón de cosas sobre nuestro nivel cultural y nuestra capacidad de discernimiento. De pronto me da la impresión que ignoramos, como colectivo, algo que en otras latitudes tienen bien claro, y no sabemos siquiera ya por qué nos gusta lo que nos gusta.

El asunto es, por demás, sencillo: consiga usted un manual de géneros literarios. En el apartado de lírica busque los subgéneros más representativos y encontrara ahí, en un rinconcito, a la canción. Lo difícil será siempre encontrar un manual de géneros literarios decente, pero una vez salvado ese problema y tenga el libro a la mano, será cosa nomás de abrir la puerta. Y no hay debate, debo decir; esto lleva siglos estudiándose: la canción popular es un tipo de literatura; más específicamente, un tipo muy particular de lírica.

Los textos más antiguos de la literatura en lengua española, las famosísimas jarchas, creados por ahí del año mil, son cancioncillas en lengua romance y se anticipan por lo menos un siglo a las épicas (El Cid, El cantar de Roncesvalles, etc.) Y no dejan de sorprender las similitudes entre la lírica de cualquier canción del pop juvenil contemporáneo –”No tengo dinero”, por ejemplo– y los pequeños estribillos enmarcados en las jarchas. Todo ello nos dice algo muy importante: el subgénero literario llamado canción presenta una línea de continuidad ininterrumpida que ya va cumpliendo los mil años.

No hay nación o nicho cultural del orbe que no cultive la canción y la conciba como parte esencial de su tradición. La concepción de la literatura como actividad lectora es muy reciente; la mayor parte de la literatura que se ha practicado en la historia de la humanidad ha sido oral, y la canción es el único tipo de literatura que conserva el ascendiente oral que tuvo toda la literatura en sus orígenes. Quien se haya asomado a algún cancionero medieval español —el de Baena, por ejemplo— notará que se compendian en una misma obra tanto poemas para decir o escanciar, como para assonar o ser cantados. Y no se les llamaba antologías de poesía, como ahora, sino cancioneros, lo cual nos plantea un sentido muy claro sobre la idea que se tenía de la poesía y sobre la oralidad y la musicalidad implícitas en toda obra poética, fuera canción o no.

Una teoría sobre el origen del arte —expuesta, me parece, por Alborg en su Historia social…— apuntaba a las nanas, las canciones de cuna, como una de las primeras pulsiones artísticas, donde, a partir de la generalización de un mismo afán creativo, que no tenía en su origen sino la función de proteger a las crías y, por ende, la supervivencia de la especie, habría de nacer la música, la poesía y la canción misma. Nada sabemos con certeza, nunca lo sabremos, pero esa posibilidad me ha parecido, en todo caso, la más poética. Lo cierto es que la canción no sólo se circunscribe al ámbito cultural o artístico, sino parece tener incluso rasgos ontológicos. No es solamente arte literario, pues, sino arte literario de alcurnia. Y sí: es un fósil viviente, como los cocodrilos o los tiburones, pero, paradójicamente, es el tipo de literatura más rentable, más difundido y con mayor caudal de producción de cuantos se producen actualmente. Dígame usted, entonces, si no se merece el reconocimiento mundial como artista literario cabal un escritor de canciones consumado. Y Dylan, sin la menor duda, lo era.

Entiendo que la canción popular ha cambiado más que dramáticamente en los últimos cien años, particularmente gracias al desarrollo de la tecnología de grabación, a la invención de la industria del entretenimiento y a la incorporación del jazz y los sones afroantillanos en la cultura musical occidental. Una de las diferencias más importantes, por evidente, es la paulatina ‘musicalización’ de la canción. Hasta antes del siglo XX, el rol de la música en la articulación de la canción popular era muy esquemático, sujeto a fórmulas muy simples de composición armónica y melódica; la música era en realidad, y lo sigue siendo aunque en menor proporción, un mero vehículo para comunicar lo planteado en el texto. En la actualidad, un compositor de canciones no sólo se expresa mediante la lírica sino también a través de la música y trata de lograr, en todo caso, un equilibrio artístico entre ambas estructuras.

A pesar del maridaje en la canción de lo literario y lo musical, huelga decir que la música y la poesía son dos tipos distintos de arte y, por ende, dos distintas experiencias estéticas; por ello son tan diferentes el afán, el enfoque y la tensión espiritual del proceso creativo y del propio acto comunicativo entre un músico y un compositor de canciones. Salvo ciertas vertientes marginales del folclor, el jazz, la música electrónica, el metal y el rock, no hay música popular propiamente instrumental. Lo que se define como música popular en los manuales enciclopédicos es en realidad canción. Y la canción, en tanto depende del texto lírico (es decir: del significado) para formularse como tal, debe observarse como un tipo muy específico de literatura, independientemente de sus valores intrínsecamente musicales. Lo importante, al final, es observar que, no importa cuanta y qué tanta calidad tenga la música que se ponga en juego, lo que articula el significado y determina el oriente estético y el registro artístico de una canción será siempre, abran cancha, el texto lírico.

Entendámoslo de una vez: no se premia a Dylan por su música ni por su extraordinario desempeño en el escenario, sino por su obra como poeta. Dylan en realidad no es músico; no le dieron el premio por su habilidad guitarrística o vocal, ni por sus planteamientos armónicos o melódicos. Dylan es un poeta que, adicional y coyunturalmente, hace canciones con sus textos, y para ello se ha valido de recursos musicales hermosamente simples. Lo que hay de música en la obra de Dylan, aunque entrañable, es nítidamente sencillo y esquemático; pero es también, en no pocos, gloriosos casos, el marco o vehículo idóneo para expresar lo que en verdad le interesaba comunicar: su enorme visión poética. Músicos, enormes, fueron Miles Davis, Astor Piazzolla, Paco de Lucía, y son músicos populares Satriani, Los músicos de José y Carlos Santana. Y hay también, por otro lado, y no es raro encontrarlos, músicos muy notables que son al mismo tiempo excelentes compositores de canciones, carnales tan icónicos y artistas tan en serio como Jimmy Hendrix, Gustavo Cerati o Frank Zappa.

Es importante no confundir la gimnasia con la magnesia, saber discernir para tomar distancia, no dejarse seducir por los gritos y los pujidos de los expertos opinadores mainstream, donde a menudo se confunde la libertad con la pedantería, la mezquindad y la ignorancia: la canción es un género literario, no musical; hay, por un lado, piezas instrumentales, música pura y dura, y, por el otro, canciones, donde lo poético vertebra y da sentido a las estructuras musicales. Y si en algo puede ayudar este premio, será en echarle luz al fenómeno cancioneril, cambiar las etiquetas y decirle a las cosas por su nombre. A ver si así nos dejan de vender espejitos y cuentas de vidrio en nombre del arte y la vanguardia.

Hay en todo premio un ganador, pero también una pléyade de perdedores, y me parece muy legítimo debatir sobre el valor de uno u otro contendiente. Es importante, en ese sentido, escuchar, leer, entender la obra de Dylan y descubrir porqué se viene hablando desde hace más de treinta años del enorme valor literario de sus canciones; encontrar puntos de comparación respecto de otros autores, incluso poetas de la vertiente intimista, para entender la verdadera relevancia de su obra. Quizás en el camino más de un experto se entere que no sabe leer poesía, que no son tantas las diferencias entre la poesía culta y popular, que puede finalmente descubrir el entrañable entramado poético inherente a toda canción. Pero denostar a Dylan por no considerar literatura su obra es, me parece, ese sí, un verdadero ‘asalto a la razón’.

Creo que el reconocimiento de la canción como literatura, a pesar de los respingos, es ya un muy importante antecedente. Si de pronto nos cuesta trabajo encontrar poesía de buen nivel en las canciones de los protagonistas de la escena pop y rock mexicana, muy probablemente se deba a esta consideración de la canción como género musical y no como literatura, confusión que se origina, se instaura y se propaga a través de las reiteradas invectivas de nuestros opinadores expertos en los muchos medios que dictan la verdad oficial. Más aún, conocidas las enormes posibilidades de subversión patentes en el subgénero, en vista del efecto crítico que suscita en el respetable y de su enorme difusión, creo que esta relajación de las estructuras literarias en la canción es conducida y tiene como objeto la difusión de un tipo de canción dócil, inofensiva, hueca, para modelar un tipo específico de individuo y ciudadano: dócil, inofensivo, hueco. Y es justo esa relación perversa entre la máquina y la gente de lo que nos habla y nos previene el propio Bob Dylan en muchas de sus canciones.

Lo cierto es que no encuentro en la órbita de la canción mundial, donde predomina por imperiales razones la oferta anglosajona, ningún otro cantautor que sea tan significativo como Dylan. Hay por ahí muchos que tienen una calidad similar y hubieran sido también dignos ganadores del premio: Neil Young, Tom Waits, Cohen, Patty Smith, Blades, Serrat, Silvio Rodríguez… pero ninguno de ellos ha logrado, al menos hasta ahora, la trascendencia global que sí ha logrado Dylan. Pocos poetas cultos vivos, ya no digamos compositores de canciones, pueden contar entre sus logros el que algunos de sus versos sean himnos transgeneracionales en buena parte del planeta. Dylan ciertamente renovó la tradición de la canción popular norteamericana, como argumenta la academia sueca, pero de algún modo contribuyó también, de manera muy significativa, a que el rock se instaurara en el colectivo como una forma universal de arte y, en última instancia, como una visión del mundo, independientemente de las porquerías que la industria hizo posteriormente con el género.

Ha corrido mucha tinta sobre al asunto y correrá aún más. No soy experto en la obra de Dylan, tampoco de poesía en lengua inglesa, y por ello no me atrevo a abundar sobre los apartados específicamente literarios de su obra. Prefiero mejor leerlo, escucharlo con mucho mayor cuidado y aprender algo del cotejo resultante. Al cabo, hay publicadas en la prensa nacional, por fortuna, algunas opiniones, muy eruditas y congruentes, que brindan un panorama más justo del artista, de su valor literario y de la época en que le tocó ejercer.

Sólo reiterar, por último, que me subí a la tarima para decir mi verdad, desde la esquina que conozco, porque creo que es justo y necesario remover ya los escombros y fundar, en comunión con un montón de espíritus afines, una noción más clara, más vinculante y cierta de los conceptos vinculados en el arte, la historia y la cultura.