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Poesía

Irene Domínguez. Sala X.

Enamórala;

uno nunca puede cansarse de una mujer como ella.

Te dijo un

Leopoldo María Panero del diecinueve.

Y me comentaste:

Me entusiasma tu pelo.

Es del color de las amapolas.

Y te dije:

—¿Te gusta liso o rizado?

Tras despertarte conmigo,

respondiste sin dudar.

Y también sin dudar, desenfundé las tijeras

y te lo puse, con cariño, en el plato vacío

del restaurante.

Me gustan tus ojos,

comentaste.

—¿Solos o con lágrimas?

Intensos,

respondiste.

Y sin dudar,

los arranqué como Edipo

usando los broches de mi vestido.

Y así, al plato:

el canibalismo es una de las manifestaciones más evidentes de la ternura.

Antes que musa, poeta,

te dije,

y así me fui ciega, desnuda

y con las amapolas cortadas.

Y el cínico Leopoldo se volvió cuerdo, y el cansancio se apoderó

primero

de mis restos en contacto con tu saliva.

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