Bill Mohr. Un Milagro. Para Bob Flanaghan.

Aturdido por beber tequila anoche,

recuerdo que moví las brasas mientras

el alba sopló su neblina hacia un claro.

Bob cantaba y tosía, cantaba y tosía. Incluso entonces

me pregunté cuánto tiempo iba a aguantar.

Cada vez que se sacudía su cuerpo, me estremecí

pero amé su ingenio sagaz y contaminado.

Esta noche de nuevo está en el hospital, solo,

y este poema es como una mesera que merece

una gran propina –media cuenta– por decirme

que es hora de que deje mi café y vaya

a rescatarlo, a realizar el único milagro

que tengo permitido en esta vida, pero no, no es cierto

porque no es a Bob a quien yo debo salvar.

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