Gracia Morales. Bienaventuranza VI.

Bienaventuradas sean aquellas mujeres

‒tan siempre madres, esposas,

abuelas o hermanas‒

que aprenden a levantar sus puños

en plazas, autobuses y dormitorios.

Bienaventuradas cuando dejan,

doblados sobre una silla,

el delantal, los suspiros,

la prudencia,

el temor, las cacerolas.

(Mujeres malabaristas,

capaces de dividir

entre ocho o quince el arroz,

los colchones y los besos;

mujeres cosidas a la tierra,

con ramas donde aletea un griterío de niños,

piar de niños que piden agua,

que piden, que piden,

cuánto piden,

subiéndose por los hombros y las piernas.)

Bienaventuradas

las mujeres que se agarran

bien fuerte las unas a las otras

y salen a recorrer las calles,

con pancartas de letra infantil.

Bienaventuradas ellas,

porque se han atrevido a gritar,

con su voz recién estrenada,

las palabras grandes, paz, respeto,

libertad, justicia, dignidad,

sin haberse cambiado de ropa,

en zapatillas y con pañuelos blancos

cubriéndose la cabeza.

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