Martin Glaz Serup. El Campo.

El campo encuentra casi blasfemo que te acostumbres a la belleza de la naturaleza, que la tomes por dada, que puedas dejar de fijarte en ella. Que de pronto apenas camines por la playa como si tuvieras que llegar a alguna parte, que ya no aprecies la vista, las cimas blancas de las montañas sobre el horizonte, el mar tempestuoso. Que ya no veas el color rojo intenso de las nubes en el ocaso, que simplemente pienses, bueno ya llegó el atardecer, o que ya se terminó el día, o lo que sea que pienses a esa hora. El campo estableció una regla: cada día deben pasar al menos dos minutos mirando algo bello de la naturaleza solo para el propio bien de la belleza. El campo mide el tiempo con su celular. Las hojas, los pájaros, las setas carnosas y llenas de colores sobre el suelo del bosque. Parece un poco tonto pararse a mirar así. Ya no recuerda la razón de todo aquello: una hoja, un pájaro, una seta, y así, y cada uno es, sin duda, bello, pero el campo tiene ganas de gritar, y qué. No será que todo es bello a su manera, si lo miras lo suficiente. Tiene miedo de que alguien venga y lo encuentre mirando, que le pregunte qué pasa, que le pregunte si está bien, que le pregunte qué hace. No lo sabe.

***

El campo mira mayormente a los ojos, a su mirada.

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